De la atroz sequía a la crecida destructiva del mar. El verano que se nos cayó la venda (III).!

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“Quien me vio, lloró. El que me verá, llorará”. La falta de caudal en el río Rin descubrió este fúnebre mensaje con más de cinco siglos de antigüedad que advierte de la escasez de agua en lugares tan poco acostumbrados a ello como la República Checa o Alemania. Este verano, las imágenes de ríos secos han inundado los telediarios y periódicos de medio mundo, desde Hungría hasta China. 

El agua es el elemento central de la vida en nuestro planeta. Nuestro cuerpo está formado en casi dos terceras partes por agua. La necesitamos para subsistir. Es también fundamental para regular los ecosistemas terrestres y mantener el equilibrio necesario para la supervivencia de la fauna y la flora. Sin ella, todo se desvanece.

El estrés hídrico se está convirtiendo en un problema creciente. La población mundial va en aumento y está creando una mayor necesidad de agua —sobre todo, para la agricultura—, lo que está tensionando el difícil equilibrio entre la oferta y la demanda. Sumado a todo esto, el cambio climático es el telón de fondo que está empeorando la disponibilidad física de este bien tan necesario. 

La escasez ya forma parte de nuestro día a día y la gestión del agua es y será uno de los grandes retos futuros de la humanidad. Para Jesús Marcos Gamero, profesor en retos medioambientales globales de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M), es necesario “plantearse cómo vamos a gestionar esos recursos, y si esos derechos individuales se pueden enfrentar a los derechos colectivos, sobre todo con un bien cada vez más escaso como el agua”.

Con el aumento de las temperaturas globales en solo un grado centígrado, los expertos de las Naciones Unidas prevén una caída del 20% en los recursos hídricos renovables, por los que la tasa de extracción de agua no puede superar a la tasa de reposición de agua dulce. “No podemos dejar que este bien sea un lujo para unos pocos”, advierte Gamero.  

En el verano de 2022, sin embargo, le hemos visto las orejas al lobo. Según el último informe publicado en agosto por el Observatorio Global de Sequía, el 47% del continente europeo se encuentra en condiciones de “advertencia”. Con estas cifras, la Comisión Europea advirtió que los datos preliminares sugieren que nos encontramos en la “peor sequía desde hace al menos 500 años” en el conjunto de la UE. 

Francia se ha llevado una de las peores partes. Según informó el diario francés Le Monde, a mediados de agosto, casi toda Francia continental tenía restricciones en el uso del agua y 73 departamentos estaban en alerta.

La escasez de agua en el país galo ha hecho que se lleguen a situaciones surrealistas y completamente impensables hace unos años. Sin ir más lejos, las palabras de hace solo unos días de su presidente Emmanuel Macron reabrieron heridas que, en Europa, se creían cerradas. Con rostro hierático, aseveró que se está viviendo “el fin de la abundancia”.

El ejemplo de lo ocurrido el pasado 16 de julio en Lavilledieu (Ardèche), al sureste del país, es paradigmático. Los gerentes de un club de motocross robaron 400 metros cúbicos de agua de una reserva para los equipos de extinción. Poco después, se arrepintieron y la devolvieron. Pero esta es solo una de las decenas de historias tragicómicas de este difícil verano en Francia. 

En Estados Unidos, imágenes satelitales recientes captadas por la Agencia Espacial Europea ilustraron la drástica disminución de los niveles de agua en el Gran Lago Salado (Salt Lake) de Utah, que en julio registró su nivel más bajo jamás registrado. Según mediciones recientes que publicó el diario británico The Guardian, el lago ha perdido casi la mitad de su superficie con respecto al promedio histórico. 

El lago Powell, uno de los dos embalses más grandes del país junto al lago Mead en Nevada, es otro de los grandes afectados, que ahora se encuentra a un 28% de su capacidad. Situado en la frontera de los estados de Arizona y Utah, es fundamental para el abastecimiento de agua potable para 40 millones de personas y es una importante fuente de energía hidroeléctrica, de la cual dependen casi seis millones de hogares. 

“Ha sido un verano en el que se han dado situaciones anticiclónicas muy persistentes y profundas en territorios muy extensos que han evitado que tengamos precipitaciones normales, pero también, sobre todo, hemos sufrido una temperatura media muy alta durante muchas semanas”, explica Pilar Paneque, catedrática de Geografía Humana en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) y responsable del Global Change Research Lab y del Observatorio Ciudadano de la Sequía de España. 

Para la catedrática, el caso más excepcional que hemos vivido este periodo de estío ha sido la extensa distribución geográfica de estos fenómenos y su duración. Esta situación, vaticina, será la nueva normalidad en el futuro: “Para toda la comunidad científica, lo que está ocurriendo no es ninguna novedad ni algo excepcional, sino más bien una constatación de aquello que se lleva diciendo al menos cuatro décadas”. 

No hay que alarmar a la población, considera Paneque, porque el próximo verano no tiene por qué ser igual a este. “No todos los veranos serán malos, sino que tenemos que asumir que habrá una alta variabilidad y una cierta incertidumbre en el comportamiento de algunos elementos climáticos”, indica. 

España como ‘zona cero’ de la sequía

Nuestro país no es ajeno a estos problemas y, de hecho, es uno de los más afectados por la escasez de agua que está revelándose este verano. Sin ir más lejos, según las cifras proporcionadas por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) en agosto, los embalses españoles se encuentran a un 35,9% de su capacidad, la cifra más baja desde 1995

Para José Miguel Viñas, meteorólogo y consultor en la Organización Meteorológica Mundial (OMM), aunque esta situación es normal en verano, el problema es que “viene arrastrada de un invierno y un otoño con poca lluvia, es decir, que se han ido acumulando muchos meses en los que ha llovido menos de lo normal o directamente no ha llovido”, señala el experto. 

Lo sorprendente de este año es que esta situación ha afectado a regiones del norte peninsular poco acostumbradas a la falta de agua. “Solemos relacionar la sequía con el sur peninsular, pero, en cambio, estamos viendo que este año tanto la sequía como las olas de calor han afectado mucho más al norte peninsular”, explica Paneque. 

Las altas temperaturas registradas en numerosos lugares del mundo han puesto en jaque a muchos lugares que no están preparados para este tipo de situaciones. “La ocurrencia de altas temperaturas han generado una alta evapotranspiración”, cuenta Paneque, es decir, cuando se da la combinación de dos procesos: la evaporación desde el suelo y desde la superficie cubierta por las plantas y, la transpiración desde las hojas de las plantas. 

Ripoll, en Girona, ha sido uno de los muchos pueblos que han sufrido restricciones en el uso del agua. Situada en el área prepirenaica y acostumbrada a las tormentas veraniegas, fue uno de los pueblos a los que la Generalitat impuso un límite de consumo de agua de 200 litros por persona al día. 

En diferentes municipios de Galicia también se han implementado restricciones. Como ya recogió EL ESPAÑOL, José Antonio Quiroga, presidente de la Confederación Hidrográfica Miño-Sil, advirtió que el año 2022 ha sido “el año hidrológico más seco de la serie histórica”. 

Por desgracia, vaticina Viñas, las precipitaciones de otoño no van a paliar el déficit hídrico de los embalses e incluso podría agravarse el problema de la sequía en algunas zonas. “Nuestras predicciones son que no va a venir un periodo otoñal que sea particularmente lluvioso. Sí que va a haber lluvias, pero la cosa va a estar en la normalidad o incluso por debajo de la media”, señala el meteorólogo.

Estamos cambiando la circulación atmosférica

Este bloqueo de lluvias y este tiempo seco que ha predominado en la rutina meteorológica de este año tiene una explicación. Algo está comenzando a cambiar. Todo lo que hagamos en el planeta tiene una repercusión en el aire que respiramos y en nuestra atmósfera.

Un estudio publicado este año por la revista científica Nature Geoscience apuntaba que esas condiciones especialmente secas que estábamos sufriendo en los países europeos se debían a la transformación del anticiclón de las Azores, un sistema de altas presiones atmosféricas que regula buena parte del clima de Europa occidental y la costa este de Estados Unidos.

Los anticiclones son los responsables de los días secos y calurosos y, en concreto, el de las Azores —situado en el Atlántico Norte— se mueve de tal forma que, con la llegada del otoño y del invierno, permite la entrada de borrascas y de precipitaciones. 

El problema es que, como apunta Viñas, “está cambiando el tipo de circulación atmosférica, particularmente en las latitudes templadas, y estamos observando que el anticiclón de las Azores no solo nos está afectando en verano, sino que ya en invierno abraza la Península y tenemos déficit de precipitaciones”.

Esta es una señal preocupante que el estudio de Nature refleja con claridad. En sus conclusiones apunta a que se está expandiendo a un nivel sin precedentes durante los últimos 1.200 años. Como consecuencia, “estamos viendo grandes lenguas de aire cálido que se cuelan en nuestras latitudes y se mantienen en esas posiciones de bloqueo que impiden la entrada de lluvias en momentos en los que habitualmente llegaban”, explica el meteorólogo.

Antes de este estudio, la ciencia no alcanzaba a explicar si los cambios en la circulación atmosférica se debían o no al impacto del aumento de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Había cierta sospecha. Sin embargo, estudios recientes señalan al calentamiento global —resultado de la acción humana— como responsable de los cambios que se están produciendo en la atmósfera. 

Parte de la explicación está en que la mayor expansión del anticiclón de las Azores se ha producido en los últimos 200 años, cuando las emisiones de gases comenzaron a aumentar de manera sustancial, sobre todo en el siglo XX.

Este aumento de las emisiones —que cada año marca récords— no solo está relacionado con la expansión del anticiclón de las Azores sino que, además, tiene su efecto sobre otro tipo de circulaciones atmosféricas más cíclicas, como El Niño y La Niña.

Como explica Viñas, esos ciclos naturales generan unos patrones tanto a nivel de atmósfera como de corrientes marinas que alteran su comportamiento meteorológico, su pluviometría o sus temperaturas en distintas regiones de la tierra. Cuando hay un episodio de El Niño, por ejemplo, se sabe que en determinadas zonas llueve menos y en otras más, y en zonas donde habitualmente llueve, ocurre lo contrario.

Con La Niña se enfría mucho el Pacífico y normalmente tiende a haber un año frío. Sin embargo, llevamos tres años con esta circulación atmosférica y estamos observando que estamos en máximos históricos de temperaturas. 

Es decir, se está observando un cambio en el comportamiento de la atmósfera. Esto nos lleva a escenarios con una frecuencia mayor de sequías duraderas y a que se presenten temperaturas altas en momentos anómalos.

De acuerdo con Viñas, “la señal de cambio climático es de tal magnitud que está dejando en un segundo plano esa influencia de estos y otros ciclos naturales que se dan en el propio sistema climático”. De hecho, el experto de la OMM señala que “el hecho de que se produzcan episodios de El Niño y La Niña ya no tienen tanta influencia como pasaba, hace años, con distintos factores como el mar o el comportamiento pluviométrico”.

Las costas, en la cuerda floja

Hay cambios casi invisibles, pero que se están produciendo a gran escala como consecuencia del calentamiento global. Además de la transformación de las circulaciones atmosféricas, el cambio climático nos está abocando a escenarios en los que el derretimiento de los polos helados de la tierra y de los glaciares continentales —como el de San Rafael en Argentina— pueden aumentar el nivel del mar hasta límites peligrosos para las sociedades humanas.

De acuerdo a las previsiones del Grupo de Expertos sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), dependiendo de cuánto seamos capaces de limitar el aumento de la temperatura media global con respecto al período preindustrial —fijado en 1,5ºC por el Acuerdo de París—, así se verán o no afectadas las localidades costeras en este siglo. En el caso de España, por ejemplo, en un escenario de bajas emisiones, el agua puede sumar 26 centímetros más en 2050. En 2080, casi medio metro.

Aunque esta pueda parecer una subida sin importancia, se vuelve realmente peligrosa con la llegada de temporales. Francisco J. Doblas-Reyes, uno de los científicos que ha participado en la elaboración del informe del IPCC de este año, ya explicó a EL ESPAÑOL que “aparte del impacto que pueda tener [ese temporal] en la costa, con 20 o 30 centímetros más, las olas pueden penetrar entre 20 y 30 metros más hacia el interior“.

Estas previsiones y estos modelos pueden cumplirse en solo 30 años. Sobre todo si siguen aumentando las emisiones y, en consecuencia, la temperatura media global y la desaparición paulatina y sin freno del hielo en el planeta.

El caso del glaciar de Barry Arm, en Alaska, es uno de los ejemplos más paradigmáticos de lo que puede suponer el deshielo, no solo en lo relativo a la subida del nivel del mar, sino para las comunidades locales de estados ribereños.

Las predicciones científicas en torno a esta superficie helada apuntan a que podría colapsar en unos 20 años. Algo que preocupa, porque podría llegar a provocar un tsunami de grandes dimensiones que afectaría al estado de Alaska, con unas consecuencias devastadoras para su población.

Escasez frente a la abundancia destructora

La subida del nivel del mar se puede ralentizar e incluso frenar, pero ya no se puede evitar. Además, trae consigo otros problemas en el corto plazo que tienen un importante impacto cada año.

Juan Antonio Morales, catedrático de Geología en la Universidad de Huelva y presidente de la Sociedad Geológica de España (SGE), afirma que el mayor peligro para las costas a nivel mundial es la modificación de los patrones de las tormentas.

“Antes teníamos tormentas a partir de finales de octubre hasta finales de febrero y alguna ocasional en marzo. Ahora ya están empezando en septiembre y en mayo todavía tenemos”, asegura el experto. Señala que esto “va en contra de los intereses humanos en la costa”.

Morales considera que el retroceso de las costas “es absolutamente inevitable”. Sobre todo dadas las situaciones como las que se presentan en el levante español, donde la destrucción de elementos de defensa naturales como las dunas suponen que el mar, con un temporal fuerte, impacte directamente sobre las infraestructuras humanas.

“Lo que se está viendo es que la tendencia del número de temporales por año es mayor. Es decir, cada vez hay más y cada vez ocurren en fechas más anómalas, donde antes no sucedían u ocurrían muy pocos”, cuenta Morales. En este sentido, la frecuencia e intensidad de temporales puede traducirse en inundaciones que no afectarán únicamente a las costas. 

Países como Pakistán están sufriendo estos días unas inundaciones que están dejando imágenes devastadoras. Las lluvias torrenciales han anegado ciudades enteras, han provocado la muerte de más de 1.000 personas y han afectado a al menos otros 30 millones.

Es la mayor catástrofe humanitaria que vive el país en una década. Otro triste récord que vuelve a poner en el centro del debate la crisis climática, con todas sus aparentes contradicciones. Mientras unos sufren una escasez de agua, otros luchan por sobrevivir a una abundancia destructora.


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